TÍTULOS

  • Los dos reyes y los dos laberintos. Borges.
  • La continuidad de los parques. Cortázar.
  • La espera. Blanco.
  • Algo muy grave va a suceder en este pueblo. García Márquez. 
  • Hombre de la esquina rosada. Borges.

LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS

 

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mando a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: "Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso." Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

 

Jorge Luis Borges. De El Aleph

 

 

LA CONTINUIDAD DE LOS PARQUES


  Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

    Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

 

Julio Cortázar

LA ESPERA


 Había dejado  de llover cuando despertó. Aún era de  noche, pero afuera estaba  casi claro,  y a  través de  una de las  ventanas penetraba el resplandor  vago, fantasmal, del plenilunio.  Desde el  camino llegaba  el son  del viento  entre las  hojas de  los álamos. Más acá, en el  pasillo o en alguna de las habitaciones, una tabla crujió.  Luego crujió una segunda, luego  una tercera; silencio. Diríase que alguien había  dado unos pasos sigilosos y se había  detenido. Un perro  aulló a la distancia,  largamente. El aullido pareció  ascender por el aire nocturno,  describir un arco como un  aerolito y perderse poco  a poco, devorado por  la oscuridad. A intervalos parejos, un  resabio de agua goteaba del alero.

Ella  imaginó los  charcos que  habría  en el  patio,  y en  los charcos  la  luna, quieta.  Veía  desde  su lecho  la  copa  del ciprés, que se  balanceaba con dignidad sobre un  fondo revuelto de nubes  y cielo despejado. El  contorno de la reja  destacaba, nítido;  reproducíase, por  efecto  de  la sombra,  en  el  muro frontero, donde se dibujaban siluetas extrañas.

Tuvo miedo de nuevo.

Miedo de la hora, del  frío, de los diminutos ruidos que rompían a intervalos  el silencio; miedo del  silencio mismo. Miró a  su marido:  dormía  con  gran placidez.  Su  rostro,  no  obstante, bañado en luz blanquecina, poseía  un aire siniestro, de cadáver o criatura de otro mundo.  Sintió el impulso de despertarlo, mas no  se atrevió.  Habría sido  absurdo. Su  miedo lo  era. Y  sin embargo era  tan fuerte. La oprimía  por momentos igual que  una tenaza, impidiéndole respirar  aunque mantenía abierta la  boca, aunque  cambiaba  suavemente  de postura.  Suavemente,  para  no interrumpir el sueño de él.

Duerme,  amor,  duerme.  No voy  a  molestarte.  Estoy  un  poco nerviosa, eso es  todo. Son los nervios,  amor, que no me  dejan tranquila.

Un ave  nocturna cantó  quizá dónde.  No era  un canto  lúgubre, sino una  especie de  música a  un tiempo  misteriosa y  serena.

Tornó ella  a percibir  el crujido  de las tablas,  acercándose.

Yo sé que  no es nadie. Siempre  pasa esto y no es nadie.  No es nadie. Nadie.

De pronto tuvo  conciencia de que su frente se  hallaba cubierta de  sudor.  Se  enjugó  con la  sábana.   Amor,  amor,   repitió mentalmente, en  un mudo grito  de angustia. ¡Si él  despertase! Si se desvelara  también, y así, juntos conversaran en voz  baja hasta llegar el día. . .

 Pero el  hombre no captaba  su llamado  interno. Era la  fatiga, pensó.  Con tanto  quehacer de  la  mañana a  la  tarde, con  el madrugón de hoy. . .

Duerme. No te importe.

            El viento  semejó detenerse  unos instantes,  para continuar  en seguida su melodía unicorde en  la alameda. Por primera vez notó ella, apagada por  la distancia, la monótona música del  río: se vería  muy pálido  ahora: un  río de  pesadilla, resbalando  con terrible  lentitud,  y   a  ambos  lados  los   sauces  beberían interminablemente, encorvados, en libación comparable  a un pase de  brujos, y  arriba el  cielo nuboso  y el  revolotear de  los murciélagos,  y  la  voz honda  de  la  corriente  repetiría  su pedregoso murmullo de abracadabra.

(Una  muchacha  había  muerto en  el  río,  años  atrás.  Cuando encontraron su  cadáver oculto en  las zarzas  de un remanso  se hubiera creído  que vivía aún, tal  era la transparencia de  sus ojos abiertos,  tal la paz  de sus manos  y sus facciones, y  la frescura que  irradiaba toda ella.  Vestía un traje celeste  con flores  blancas; un  traje  sencillo,  delgado. Al  sacarla  del agua, la tela se ceñía  a su cuerpo de modo que daba la  idea de constituir una unidad  con él. Nadie supo nunca quién era  ni de dónde  venía.  Sólo  que era  joven,  que  la  muerte  le  había conferido  belleza, que  sus rasgos  eran limpios  y puros.  Los mozos  de  la  comarca pensaban  en  ella  y les  daba  pena  su existencia   interrumpida,  y   la  amaban   un   poco  en   sus imaginaciones.  Ignoraban por  qué apareció  allí.  No debió  de ahogarse,  pues no  estaba hinchada,  mas en  su rostro  ninguna huella mostraba el  paso de una enfermedad,  o de un golpe  o un tiro. La  llevaron a San  Millán para  hacerle la autopsia.  Los mozos no  supieron más.  No quisieron  saber: la recordaban  tal cual  surgió: lozana,  amable,  serena,  con algo  de  irreal  o feérico, desprovista de nombre, de  causas. ¿Para qué saber más? ¿Para qué saber  si por este o el otro motivo  resolvió quitarse la vida, o  si no se la  quitó? Al referirse a ella  la llamaban la  Niña del  Río, aunque  su  cuerpo era  ya el  de una  mujer. Decían que desde  esa tarde el río cantaba de diversa  manera en el lugar donde  apareció. Y quizá si  en el fondo no  lamentaran verdaderamente  que hubiese  perecido, porque  no la  conocieron viva y porque  viva no habría podido ser sino de  uno—ninguno de ellos, de  seguro—, y  así, en  cambio, su  grácil fantasma  era patrimonio de todos.)

Un perro ladró nuevamente, lejos.  Después ladró otromás cerca.

Si él despertase ahora. Cómo  lo deseaba. Cómo deseaba tener sus brazos en  torno, fuertes y  tranquilizadores, o sentir su  mano grande enredada  en el pelo.  En un  impulso repentino lo  besó. Apenas. El  hombre emitió un  breve gruñido, chasqueó la  lengua dentro de la boca y siguió durmiendo.

Pobre amor: estás cansado.

Cerró los ojos.

 Entonces lo vio. Lo vio  con más nitidez que nunca, igual que si la escena estuviese  repitiéndose allí, dentro del cuarto,  y el Negro volviese  a morder  las palabras  con que  amenazara a  su marido:

—¡Me lah vai a pagar, futre hijo'e perra!

Vio  sus  pupilas  enrojecidas  y  su  rostro  barbudo,  que  se contraía en  una suerte de impasible  mueca de odio. Ella  nunca se había encontrado  antes frente al odio—a  la ira sí, pero  no al odio—, y  experimentó una mezcla de terror y de  piedad hacia ese  infeliz forajido  que iba  a  pasar el  resto  de sus  días encerrado entre cuatro  paredes, sin una palabra de  consuelo ni una mano  amiga, encerrado  con su  rencor, doblemente solo  por ello y doblemente encerrado.

—¡Me lah vai a pagar!

Y a  medida que  los carabineros  se lo  llevaban con las  manos esposadas  y atado  por una  cuerda al  cabestro de  una de  sus cabalgaduras,  el   Negro  se   volvía  a   repetir  un   ronco:

—¡Te lo juro! ¡Te lo juro!

El esposo  lo miraba  en silencio, y  ella se  dijo que tal  vez también  a él  le  daba  lástima ver  al  preso tan  inerme.  Un bandido que  era el terror de  la comarca, cuyo estribo  besaran muchos  para  implorar  su gracia  o  su  favor,  y  cuyo  puñal guardaba el  recuerdo de  la carne  de tantos  muertos y  tantos heridos.  De vientres  abiertos y  caras marcadas,  de brazos  o pechos rajados de alto a bajo.

Sí,  era malo.  Pero ¿era  malo?  ¿Podía ser  real maldad  tanta maldad? ¿No era,  acaso, una especie de  locura: la del lobo,  o el perro que de pronto se torna matrero?

Y aunque no  fuera sino maldad—pensaba—, y quizá por  eso mismo, el Negro  era digno de  compasión. Debía  de ser terrible  vivir así, odiando y temiendo, temido  y odiado, perseguido, sin saber lo que es hogar ni  lo que es amor, comiendo de cualquier manera en cualquier parte;  amando con el solo instinto, a  campo raso, a  hurtadillas.  Un  amor de  barbarie  animal,  desprovisto  de ternura, sin  la caricia  suave, secreta,  que es  como un  acto esotérico: ni el  beso quieto que no destroza los labios,  ni la charla tranquila  frente a  la tarde,  ni la  mirada infinita  y perfecta. Un amor que seguramente  no es correspondido con amor, sino con terror, y que  dura un instante, para dar pasode nuevo a la fuga.

Así lo sorprendió  su marido, oculto entre unas zarzas,  con una mujer blanca de  miedo y embadurnada de sangre. Lo  encañonó con el revólver.

Párate, Negro. Arréglate.

 —Deje mejor, patrón.

Pronunciaba "patrón" con  una ironía sutil y profunda.  Casi una befa.

Párate.

—Le prevengo, patrón.

Él  no  respondió.  El Negro  se  puso  de  pie  con  ostensible lentitud.  A  lo largo  del  camino,  hasta la  quebrada  de  la Higuera, fue repitiéndole:

Toavía eh tiempo, patrón. Puee cohtarle caro.

Y él mudo.

 —Yo tengo mi gente, patrón.

Silencio.

—Piense en  la patrona,  que icen  qu'eh güenamoza  y joen.

El Negro marchaba  unos pasos delante, y le  hablaba mostrándole el  perfil. Él  lo miraba  desde arriba  de su  caballo, con  la vista aguzada,  pronto a disparar  al menor movimiento  extraño.

—Sería una pena que enviudara la patroncita...

Pausa. El perfil sonreía apenas, con malicia.

 —. . . o que enviudara uhté .. .

—Si dices media cosa más, te meto un tiro.

—¡Por Dioh, patrón!

—Cállate.

 —Ni que me tuviera miedo—murmuró, fríamente socarrón, demorándose en las palabras. Y de improviso, en un instante, se inclinó y cogió una piedra, y cuando iba a lanzársela, él oprimió el gatillo, una, dos, tres veces. Un par de balas se alojó en la pierna izquierda del Negro, que permaneció inmóvil, esperando. Ambos jadeaban.

—¿No  'e,  patrón? La  embarró.  Ahora  no voy  a  poder  andar.

Lo ató con el lazo  cuidadosamente, haciéndolo casi un ovillo, y lo  puso atravesado  sobre  la  montura, de  modo que  sus  pies colgaban hacia un  lado y la cabeza hacia el otro.  Así, tirando él de  la brida, lo  condujo hasta  las casas del fundo.  Cuando llegaron,  el  Negro  se  había  desangrado  con  profusión:  su pantalón estaba salpicado de rojo,  salpicada también la cincha, y  un  reguero de  puntos  rojos  marcaba el  camino  por  donde vinieran.

Desde el pórtico de entrada  los vio ella. Primero se alarmó por su marido, creyendo que podía  haberle ocurrido algo, mas pronto se dio cuenta  de que se hallaba bien. Adivinando  la respuesta, preguntó muy quedo:

—¿Quién es?

—El Negro.

Pálido, desencajado, el Negro alzó  el rostro con gran esfuerzo, la observó  fijamente. Todavía  ahora sentía  incrustados en  su carne esos  ojos de  acero, llameantes  en medio  de la  extrema debilidad y tintos de un  objetivo toque perverso. Recordaba que se  puso a  temblar. Luego  la  cerviz del  bandido se  inclinó, mustia.

—Se desmayó. Habrá que curarlo—dijo el esposo..

—¿Tiene heridas graves?

—No.  Le  di  en  el   muslo,  pero  es  necesario  contener  la hemorragia.

—Yo lo curaré.

Él la cogió del brazo.

—¿No te importa?

Sonrió débilmente.

—No. No me importa. Déjame.

Su mano  vibraba al ir  cogiendo el  algodón, la gasa, yodo.  El corazón  le  golpeaba   con  extraordinaria  violencia,  y   por momentos  le  parecía  que iban  a  reventarle  las  sienes.  Le parecía que  se ablandaban sus piernas  al avanzar por el  largo corredor hasta el cuarto donde  yacía el hombre. Lo halló puesto sobre una angarilla, con las  muñecas sujetas a ambos costados y las piernas  abiertas, cogidas  con fuertes  sogas que se  unían por debajo. Era la imagen de la humillación.

Se veía más repuesto, sin embargo.

—Buenas tardes—musitó.

La miró  él de pies  a cabeza. Dejó  pasar un largo minuto.  Por fin replicó, en tono de endiablada ironía:

Güenah tardeh, patrona.

Le  alzó el  pantalón con  timidez. La  desnuda carne  lacerada, cubierta de  machucones y cicatrices,  inspiraba la lástima  que podría inspirar la  carne de un mendigo. Con agua tibia  lavó la sangre, cuyo flujo  era ya menor, para ir aplicando  después, en medio de enormes  precauciones, el yodo, que lo  hacía recogerse en movimientos instintivos.

 —¿Duele?

El Negro  no replicó,  pero sus  músculos permanecieron  rígidos desde  ese instante,  y el  silencio—apenas roto  por el  sonido metálico  de  las  tijeras  o  por  el  crujir  del  paquete  de algodón—pesó en el  aire de la pieza con ominosa  intensidad. Le resultó  eterno el  tiempo que  tardó en  concluir. Era  difícil pasar las  vendas por entre tantas  ataduras, y entre el  cuerpo del  hombre  y  las parihuelas,  especial  porque  él  mismo  no cooperaba. Al  contario: diríase  que gozaba atormentándola  con su propio sufrimiento.

Terminó.

Calladamente  reunió  sus  cosas  y   se  levantó  para  partir.

Patrona .. .

Se volvió.  Los ojos pequeños, sombríos,  del herido la  miraban con una mirada indescriptible.

 —Le agradehco, patrona.

—No hay de qué—balbució.

Masél no había acabado:

—Si me llevan preso, me van a joder.

Pausa.

—El patrón no  gana naa, ni uhté  tampoco. sillego a  ehcaparme dehpuéh,  le  juro  que la  dejo  viuda.  . .  Sería  una  pena.

Ella no  sabía qué hacer  ni qué decir. Por  fin se fue, paso  a paso, hacia la puerta.

—Hasta   luego—articuló,   con   voz   que    apenas   se   oía.

De pronto  el Negro se  puso tenso.  Habló, y su tono  palpitaba una dureza feroz:

—¡Y a ti tamién te mato, yegua fina!

Salió precipitada, yerta de espanto.

En los dos  días que demoraron en venir los carabineros  no hizo sino  pedir   a  su  marido   que  permitiera  huir  al   preso.

—¿Por  qué va  a enterarse  nadie?  Le dejas  camino hecho,  sin contarle  siquiera. Ni  a  él. Podrías  ponerle un  cuchillo  al alcance de la mano. ¿Quién sabría?

—Yo.

—Amor.

—Estás loca.

—Hazlo. Te. . .

—Pero si es tan absurdo.

—No voy a vivir tranquila.

—Y si lo  suelto, ¿cuántas mujeres dejarán de  vivir tranquilas?

¿Cuántas perderán a  sus hijos, o. .  ., o. . . ? Tú  sabes cómo lo  encontré. Esa  pobre muchacha  tenía su  novio, tendría  sus esperanzas,  sus planes,  igual que  tú cuando  nos casamos.  ¿Y ahora? El  novio no  quiere ni verla.  Le ha  bajado por ahí  el honor, al imbécil. Y ella.  ..,bueno. Está vacía. Nada va a ser como antes para  ella. Por el Negro. Por este bruto.  ¿Y quieres que  tu  miedo   le  permita  seguir  haciendo  de   las  suyas?

—Va a escapar.

 —No veo. . .

Fue  en  vano insistir.  Sin  embargo,  algo en  su  adentro  se resistía a  toda razón, sobre toda  razón la impulsaba a  desear que aquello  se arreglase  en cualquier  forma, de  modo que  el Negro se  viera libre y  ellos no  tuvieran encima la espada  de Damocles de su venganza.

Pero nada  ocurrió. Cuando  los carabineros  llegaron, el  preso rugía  de  ira,   echaba  maldiciones  horrendas,  se   debatía. Insensible a los  golpes que le daban para  aquietarlo, gritaba:

—¡Me lah vai a pagar, futre hijo'e perra!

Por un instante la vio.

—¡Y voh tamién, yegua!

La  agitó a  ella  una  sensación de  angustia.  Habría  deseado decirle palabras  que lo calmaran,  pedirle perdón incluso,  mas eso era un disparate, y,  mientras, no podía dejar de permanecer ahí clavada,  viendo y oyendo,  llenándose de  un terror frío  y profundo.

...Las imágenes  comenzaron a  hacerse vagas,  a moverse de  una manera  distorsionada en  su  mente,  a medida  que  tornaba  el sueño. Traspuesta  aún, veía los  ojillos agudos, pérfidos,  del hombre.  Su  rostro  sin afeitar,  que  cruzaban  dos  tajos  de pálidas  cicatrices. La  mandíbula cuadrada,  sucia. Los  labios carnosos,  entre  los  que  asomaban  sus  dientes  amarillos  y disparejos  y  ralos,  y  unos  colmillos  de  lobo.  La  cabeza hirsuta, la estrecha  frente impresa de crueldad. En  los labios había una especie de sonrisa.  Murmuraban "Yegua", sin gritarlo, sin violencia ahora,  suavemente, cual si fuera  una galantería.

O  tal vez  una  galantería  obscena, de  infinita  malicia.  Se revolvió en  el lecho, sintiéndose  herida y escarnecida,  presa del  semisueño  y  de  su   lógica  ilógica,  atrabiliaria,  tan fácilmente cómica  y tan fácilmente  diabólica. Algo la ataba  a esa comarca  donde parece  estar el  germen de  la pesadilla,  y también el germen  de la maldad que se oculta, del  ridículo, de la  muerte;  donde  la  alegría,  el  dolor,  la  desesperación, pierden sus límites.  Atada. Y el Negro la miraba, y  sonreía, y le  decía "Yegua",  y en  seguida  no sonreía,  sino que  estaba tenso, todo  él tenso  cual un  alambre eléctrico, y  continuaba repitiendo la misma  palabra, en un tono de odio sin ira  que se le metía  en la  carne y  en la sangre  y en  los huesos  (Amor, amor) ,  y  dentro del  pecho  el corazón  se puso  a  saltarle, desbocado,  y de  pronto tenía  el cabello  suelto, flotando  al viento, y no era más  ella, sino una potranca galopando en medio de la oscuridad,  y aunque iba por una llanura se  oían crujidos de madera (Amor ) y sobre todo ladridos que se acercaban  poco a poco  y su  furia  medrosa producía  eco, tal  si  repercutieran entre cuatro  paredes. .  . Se  acercaban, la  rodeaban, iban  a moderla esos perros. . .

Despertó con sobresalto.

Se  quedó  unos  instantes semiaturdida,  observando  en  torno. Ningún cambio: su  marido yacía ahí al lado, tranquilo.  La luna daba de lleno  sobre la ventana del costado izquierdo,  en cuyos vidrios   refulgían   las   gotas   de   lluvia.   Todo   igual.

Suspiró.

Luego, lentamente, el trote de  un caballo hizo oír su claf-claf  desde el camino.

¿Qué sería? Trató  de ver en su  reloj, mas no lo  consiguió. Un caballo. Amor—quiso  decir—, un  caballo. Pero calló.  Escuchaba con el  cuerpo entero, con el  alma. Reales ahora, los  ladridos se convirtieron en  una algarabía agresiva. Sonó un  golpe seco, un   quejido,  nada.   El   claf-claf  también   cesó:   estaría desmontando el jinete.

—Amor.

El marido gruñó  una interrogación ininteligible, entre  sueños.

—¡Amor!—repitió ella.

—¿Qué hay?

—Alguien viene.

—¿Dónde? ¿Qué hora es?

—No sé.

De  un soplido  apagó el  fósforo  que él  empezaba a  encender.

—No. No prendas la luz. Venía por el camino.

El hombre se levantó, echándose  una manta encima, y se acercó a la  ventana que  daba  hacia  afuera. Corrió  la cortina  en  un extremo.

—¡Diablos!—exclamó.

La mujer no se atrevió  a preguntar. Sabía. En unos segundos, él estuvo a su lado susurrándole instrucciones:

—Es el Negro. No te  preocupes.—Abrió una gaveta—. Toma, te dejo este revólver.  Ponte en ese  rincón, y  si asoma, disparas.  No hará  falta. Trata  de  conservar  la calma,  amor.  Apunta  con cuidado. Yo voy  a salir por el corredor para  sorprenderlo. Ten calma. No pasará nada.

La  besó, cogió  otro revólver  del  velador y  se  fue, con  el sigilo de  un gato, antes de  que ella hubiera podido  articular palabra.

Esperó.

Tenía  la   vista  fija  en   el  marco  de  cielo   encuadrado, estrellado. A cada instante le  parecía ver aparecer una sombra, ver moverse  algo en  la sombra.  Cuídate,  amor. Dios mío,  que todo salga bien.

Cayó  una  gota del  alero.  Hacía  rato que  no  caía  ninguna.

Sopló una ráfaga de viento.

Otra gota.

Silencio.

Sintió un frío que la calaba.

Una tabla crujió.  Sobresaltada, se volvió hacia la  puerta. ¿No habría entrado  el Negro por  otra parte? Transcurrieron  cinco, diez,  quince  segundos.  No  se   repitió  el  crujido.  ¿Y  si apareciese por  la ventana  interior? Trató  de imaginar cómo  y por dónde  lo haría.  Podía trepar  el muro  bajo de la  huerta, saltar... Sin  embargo, estaba cojo aún.  Y los dos mastines  le impedirían pasar. No. Por ahí no era probable.

Una tercera gota se desprendió del alero.

¿Cuánto tiempo habría  transcurrido? Tres gotas, pensó.  ¿Habría un  minuto, medio,  entre gota  y  gota? ¿O  no  se producían  a intervalos regulares?

Cuarta gota.

Estaba  claro,  dentro  de  la  oscuridad.  Tal  vez  ya  iba  a amanecer. Tal vez  llegara la mañana y vinieran  los inquilinos, y entre todos apresaran de nuevo al Negro. . .

Quinta gota.

¡Por Dios!  Trató  de rezar:  Padre  nuestro, que  estás en  los Cielos,  santificado   sea...   No.   Era  absurdo.  No   podía.

Sexta gota. Después un crujido. Se puso atenta.

Nuevo crujido.

No se encontraron. Viene ahí.

El crujido siguiente fue junto  a la puerta. La puerta se abrió, dejando  entrever una  masa  de sombra  más densa.  Disparó.  Se escuchó  un murmullo  quejumbroso, breve;  luego el  caer de  un cuerpo al suelo. Luego, débilmente:

Amor .. .

Arrojó  el revólver  y se  abalanzó  hacia la  entrada. Tocó  el cuerpo: era su marido.

—¡Por Dios, qué hice!

Él:

 —Pobre amor. Huye.

Trató  de acariciarle  la frente,  y al  pasar por  la piel  sus dedos  se  encontró  con la  sangre,  que  fluía  a  borbotones.

 —Voy a curarte.

El hombre no respondió.

—¡Amor! ¡Amor! Silencio. Una tabla volvió a crujir. El revólver. Retrocedió para buscarlo a tientas, pero sus manos no dieron con él. La segunda silueta apareció entonces en la puerta.

 

  Guillermo Blanco

 

ALGO MUY GRAVE VA A SUCEDER EN ESTE PUEBLO

 

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: "No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo".

El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: "Te apuesto un peso a que no la haces". Todos se ríen. El se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Y él contesta: "es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo".

Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mama, o una nieta o en fin, cualquier pariente, feliz con su peso dice y comenta: 

-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.

-¿Y porqué es un tonto? 

-Porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo. 

Y su madre le dice: 

- No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen... 

Una pariente oye esto y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: "Deme un kilo de carne", y en el momento que la está cortando, le dice: "mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado". 

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar un kilo de carne, le dice: "mejor lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas". Entonces la vieja responde: "Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos..." Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde. Alguien dice: 

-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo? 

-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!

Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.

-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.

-Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor. 

-Sí, pero no tanto calor como ahora.

Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: "Hay un pajarito en la plaza". Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.

-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan. 

-Sí, pero nunca a esta hora.

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. 

-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy. 

Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve. Hasta que todos dicen: "Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos". Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. 

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: "Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa", y entonces la incendia y otros incendian también sus casas. 

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado: "¿Vistes mi hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?"



Gabriel García Márquez

 

HOMBRE DE LA ESQUINA ROSADA

A Enrique Amorim 

A mi, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condicion de Rosendo.

Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un placero insolente de ruedas coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que iba a los barquinazos por esos callejones de barro duro, entre los hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el del pescante que les tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al moro, y un emponchado iba silencioso en el medio, y ése era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la capota volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los muchachos estábamos dende tempraño en el salón de Julia, que era un galpón de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por el barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más conciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni pienso en ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.

La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca de Rosendo, una palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que iba como adivinándome la intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa diversion estaban los hombres, lo mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella la de los guitarreros del coche, cada vez más cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a atender a mi cuerpo y al de la companera y a las conversaciones del baile. Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a la voz.

Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada.

Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre el arma inservible. Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba desapartando, siempre como sin ver. Los primeros -puro italianaje mirón- se abrieron como abanico, apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al humo. El establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron como un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a salivazos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido para eso de la paré del fondo, en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro después. El Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento de chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló cuando se enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo y dijo estas cosas:
- Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista.

Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón en la mano derecha, que en fija lo había traído en la manga. Alrededor se habían ido abriendo los que empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta del milato ciego que tocaba el violín, acataba ese rumbo.

En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el marco de la puerta seis o siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse como encandilado por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con respeto. Los otros vigilaban, listos para dentrar a tallar si el juego no era limpio.

¿Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras, pero tan despacio que a los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. Entonces, el más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió con estas palabras:
- Rosendo, creo que lo estarás precisando.
A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frio.
- De asco no te carneo -dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró con esos ojos y le dijo con ira:
- Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para siempre y les gritó a los musicantes que le metieran tango y milonga y a los demás de la diversión, que bailaramos. La milonga corrió como un incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito:
- ¡Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida!
Dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los perdiera el tango.

Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé que era por el calor y por la apretura y jui orillando la paré hasta salir. Linda la noche, ¿para quien? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de que las descuidaran así, como si ni pa recoger changangos sirviéramos. Me dió coraje de sentir que no éramos naides. Un manotón a mi clavel de atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no pensar en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio.
- Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo -me rezongó al pasar, no sé si para desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo volví a ver más.

Me quedé mirando esas cosas de toda la vida -cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierra, los hornos- y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas. ¿Que iba a salir de esa basura sino nosotros, gritones pero blandos para el castigo, boca y atropellada no más? Sentí después que no, que el barrio cuanto más aporriao, más obligación de ser guapo.

¿Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía olor a madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de una mujer para esa noche se había podido aviar el hombre alto. Para esa y para muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta.

Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que alguno de los nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás. Codazos y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música parecia dormilona, las mujeres que tangueaban con los del Norte, no decían esta boca es mía.
Yo esperaba algo, pero no lo que sucedió.
Ajuera oimos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos, pero serena, casi demasiado serena, como si ya no juera de alguien, diciéndole:
- Entrá, m'hija -y luego otro llanto. Luego la voz como si empezara a desesperarse.
- ¡Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra! -­se abrió en eso la puerta tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera arreándola alguno.
- La está mandando un ánima -dijo el Inglés.
- Un muerto, amigo -dijo entonces el Corralero. El rostro era como de borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como antes, dió unos pasos marcados -alto, sin ver- y se fue al suelo de una vez, como poste. Uno de los que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la chalina. Para la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba para esplicar. La Lujanera lo miraba como perdida, con los brazos colgando. Todos estaban preguntándose con la cara y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama como desesperado a pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe quién es y que no es Rosendo. ¿Ouién le iba a creer?

El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia había estao cebando unos mates y el mate dió Ia vuelta redonda y volvío a mi mano, antes que falleciera. "Tápenme la cara", dijo despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó de subir y bajar, se animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los hombres de más coraje que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto y sin habla, le perdí el odio.
- Para morir no se precisa más que estar vivo -dijo una del montón, y otra, pensativa también:
- Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas.
Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte después.
- Lo mató la mujer.
Uno le grito en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo. Sentí que muchos me miraban, para no decir todos. Dije como con sorna:
- Fijensén en las manos de esa mujer. ¿Que pulso ni que corazón va a tener para clavar una puñalada?
Añadí, medio desganado de guapo:
- ¿Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos y queda para la escupida después?
El cuero no le pidió biaba a ninguno.
En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era la policía. Quien más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato, porque determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo. Recordarán ustedes aquella ventana alargada por la que pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo levantaron entre muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo. Aprovechadores, señor, que así se le animaban a un pobre dijunto indefenso, después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el agua torrentosa y sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las vísceras, porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La Lujanera aprovechó el apuro para salir.

Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El ciego del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba queriendo clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada estaban como sueltos, porque los alambrados finitos no se dejaban divisar tan temprano.

Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.

 

Jorge Luis Borges