TÍTULOS

 

 

  • El periodista y su mérito literario. Rubén Darío.
  • Máscaras mexicanas. Octavio Paz.
  • Del hablar pronto o tardío. Michel de Montaigne.
  • ¿Y las madres qué opinan? Rosario castellanos.

EL PERIODISTA Y SU MÉRITO LITERARIO. 

 

 Ya he dicho en otra ocasión mi pensar respecto a eso del periodismo.

Hoy, y siempre, un periodista y un escritor se han de confundir. La mayor parte de los fragmentarios son periodistas. ¡Y tantos otros! Séneca es un periodista. Montaigne y de Maistre son periodistas, en un amplio sentido de la palabra. Todos los observadores y comentadores de la vida han sido periodistas. Ahora, si os referís simplemente a la parte mecánica del oficio moderno, quedaríamos en que tan sólo merecerían el nombre de periodistas los reporters comerciales, los de los sucesos diarios y hasta éstos pueden ser muy bien escritores que hagan sobre un asunto árido una página interesante, con su gracia de estilo y su buen porqué de filosofía. Hay editoriales políticos escritos por hombres de reflexión y de vuelo, que son verdaderos capítulos de libros fundamentales, y eso pasa. Hay crónicas, descripciones de fiesta o ceremoniales escritas por reporters que son artistas, las cuales, aisladamente, tendrían cabida en obras antológicas, y eso pasa. El periodista que escribe con amor lo que escribe, no es sino un escritor como otro cualquiera.

Solamente merece la indiferencia y el olvido aquel que, premeditadamente, se propone escribir, para el instante, palabras sin lastre e ideas sin sangre.

Muy hermosos, muy útiles y muy valiosos volúmenes podrían formarse con entresacar de las colecciones de los periódicos la producción, escogida y selecta, de muchos, considerados como simples periodistas.

 

 Rubén Darío. (Obras Completas.1925)

 

MÁSCARAS MEXICANAS 

 

Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: "al buen entendedor pocas palabras". En suma, entre la realidad y su persona se establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo.



(...)

 

El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y la hostilidad del ambiente —y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire— nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. Pero esta conducta, legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente. Ante la simpatía y la dulzura nuestra respuesta es la reserva, pues no sabemos si esos sentimientos son verdaderos o simulados. Y además, nuestra integridad masculina corre tanto peligro ante la benevolencia como ante la hostilidad. Toda abertura de nuestro ser entraña una disminución de nuestra hombría.

 

Nuestras relaciones con los otros hombres también están teñidas de recelo. Cada vez que el mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se "abre", abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por eso la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para el que la escucha; no nos ahogamos en la fuente que nos refleja, como Narciso, sino que la cegamos. Nuestra cólera no se nutre nada más del temor de ser utilizados por nuestros confidentes —temor general a todos los hombres— sino de la vergüenza de haber renunciado a nuestra soledad. El que se confía, se enajena; "me he vendido con Fulano", decimos cuando nos confiamos a alguien que no lo merece. Esto es, nos hemos "rajado", alguien ha penetrado en el castillo fuerte. La distancia entre hombre y hombre, creadora del mutuo respeto y la mutua seguridad, ha desaparecido. No solamente estamos a merced del intruso, sino que hemos abdicado.

 

Todas esas expresiones revelan que el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría para los otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque. El "macho" es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles —como Juárez y Cuauhtémoc— al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad.

 

La preeminencia de lo cerrado frente a lo abierto no se manifiesta sólo como impasibilidad y desconfianza, ironía y recelo, sino como el amor a la forma.

Ésta contiene y encierra a la intimidad, impide sus excesos, reprime sus explosiones, la separa y aísla, la preserva. La doble influencia indígena y española se conjugan en nuestra predilección por la ceremonia, las fórmulas y el orden. EL mexicano, contra lo que supone una superficial interpretación de nuestra historia, aspira a crear un mundo ordenado conforme a principios claros. La agitación y encono de nuestras luchas políticas prueba hasta que punto las nociones jurídicas juegan un papel importante en nuestra vida pública. Y en la de todos los días el mexicano es un hombre que se esfuerza por ser formal y que muy fácilmente se convierte en formulista. Y es explicable. El orden —jurídico, social, religioso o artístico— constituye una esfera segura y estable. En su ámbito basta con ajustarse a los modelos y principios que regulan la vida; nadie, para manifestarse, necesita recurrir a la continua invención que exige una sociedad libre. Quizá nuestro tradicionalismo —que es una de las constantes de nuestro ser y lo que le da coherencia y antigüedad a nuestro pueblo— parte del amor que profesamos a la forma.

 

Las complicaciones rituales de la cortesía, la persistencia del humanismo clásico, el gusto por las formas cerradas en la poesía (el soneto y la décima por ejemplo), nuestro amor por la geometría en las artes decorativas, por el dibujo y la composición en la pintura, la pobreza de nuestro romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco, el formalismo de nuestras instituciones políticas y, en fin, la peligrosa inclinación que mostramos por la fórmulas —sociales, morales y burocráticas—, son otras tantas excepciones de esta tendencia de nuestro carácter. El mexicano no sólo no se abre; tampoco se derrama.

 

 

 

(...)

 

Octavio Paz.(El laberinto de la soledad, 1950.)

 Capítulo X

DEL HABLAR PRONTO O TARDÍO


No a todos fueron concedidos todos los dones; así vemos que entre los que poseen el de la elocuencia, unos tienen la prontitud, facilidad y réplica tan oportunas, que en cualquiera ocasión están prestos a la respuesta; otros, menos vivos, nunca hablan nada que antes no hayan bien meditado y reflexionado.


Así como se recomienda a las damas los juegos y ejercicios corporales que contribuyen al acrecentamiento de su belleza, si yo tuviese que aconsejar qué género de elocuencia de las dos citadas conviene más al predicador y al abogado, entiendo que el que no sea improvisador es más apto para orador sagrado, y que, al que por el contrario, lo es, conviene la abogacía. El orador sagrado dispone siempre del tiempo necesario para preparar sus oraciones, y sus discursos no son nunca interrumpidos; el abogado tiene por necesidad que improvisar y ser apto para la polémica. Sin embargo en la entrevista del papa Clemente con el rey de Francia ocurrió que el señor Poyet, hombre adiestrado en el foro y tenido en gran reputación como abogado, recibió la comisión de pronunciar una arenga ante el papa, y habiéndola bien premeditado de antemano (algunos dicen que ya la traía redactada de París), el mismo día que tenía que pronunciarla, el pontífice temió que el orador no estuviese todo lo prudente que era menester y que pudiera ofender a los embajadores de los demás príncipes que le rodeaban; en esta creencia el papa mandó al rey el argumento del discurso que le parecía más apropiado a las circunstancias, y que era en todo contrario al del discurso preparado por el señor Poyet; de modo que la arenga de éste fue ya inútil y le era necesario pronunciar la otra, de lo cual, sintiéndose incapaz el abogado fue preciso que el cardenal del Bellay hiciese de orador en la ceremonia. La labor del abogado es menos viable que la del predicador, sin embargo de lo cual, tal es al menos mi opinión, encontramos mejores abogados que predicadores, a lo menos en Francia. Parece que es más adecuada labor del espíritu la improvisación y el repentizar, y tarea más apta del juicio la lentitud y el reposo. Quien permanece mudo si carece de tiempo para preparar su discurso y aquel a quien el tiempo no procura ventajas de hablar mejor se encuentran en igual caso.


Cuéntase que Severo Casio hablaba mejor sin preparación alguna; que debía más a la fortuna que a la actividad y diligencia de su espíritu, y que sacaba gran partido cuando le interrumpían. Temían sus adversarios mortificarle de miedo que la cólera no duplicara la fuerza de su elocuencia. Esta cualidad de algunos hombres la conozco yo por experiencia propia; acompaña siempre a aquellos que no pueden sostener una meditación continuada, y en tales naturalezas lo que libremente y como jugando no se produce, tampoco se alcanza por ningún otro medio. De algunos otros decimos que denuncian el aceite y la lámpara, por cierta aridez y rudeza que la labor imprime en las partes laboriosas del ingenio. Además de esto, el deseo de trabajar con acierto y el recogimiento del espíritu, demasiado en tensión y circunscrito en su empresa, hácenle encontrar dificultades, como acontece cuando el agua pugna por salir de un depósito que rebasa y no es bastante grande el boquete de desagüe. A los que poseen aquella cualidad ocúrreles a veces que no han menester estar conmovidos ni mortificados por sus pasiones para llegar a la elocuencia, como acontecía a Casio, pues tal estado sería demasiado tirante; tal género de elocuencia necesita que el orador no sea agitado, sino más bien solicitado; precisa el calor y que las facultades se despierten por las ocasiones inesperadas y fortuitas. Esta elocuencia, abandonada a sí misma se arrastra y languidece; la agitación constituye su vida y su encanto. En la natural disposición de mi espíritu no me encuentro en mi elemento; lo imprevisto tiene más fuerza que yo; la ocasión, la compañía, el tono mismo de mi voz sacan más partido de mi espíritu que el que yo encuentro cuando a solas lo sondeo y ejercito. De modo que en mí las palabras aventajan a los escritos, si es que puede haber elección ni comparación posibles en cosas de tan poca monta. Suele acontecerme también que la inspiración me favorece más que el raciocinio. En ocasiones escribiendo se me escapa alguna sutileza (bien se me alcanza: insignificante al entender de otro, puntiaguda para el mío; dejemos tales distingos, cada cual habla del ingenio, según la fuerza del suyo), y luego no sé lo que con ella quise decir; a veces cualquiera otro descubre su sentido antes que yo. Si suprimiera todas las frases en que tal me acontece, apenas si dejaría ninguna transcrita. La casualidad me hará ver luego claramente su alcance, generalmente más claro que la luz del mediodía, y contribuirá a que yo mismo me asombre de mi incertidumbre.


  Michel de Montaigne, Libro I

 

¿Y LAS MADRES QUÉ OPINAN?

 

En los últimos años se ha debatido con pasión, con violencia y hasta con razonamientos, el problema del control de la natalidad. Desde el punto de vista religioso, es un delicadísimo asunto que pone en crisis las concepciones ancestrales acerca del respeto incondicional a la vida humana en potencia y que obligaría a la revisión de muchos dogmas morales que rigen nuestra conducta. Los economistas, por su parte, se atienen a las cifras y éstas indican lo que se llama en términos técnicos una explosión demográfica que seguirá una curva ascendente hasta el momento en que ya no haya sitio para nadie más en el planeta ni alimentos suficientes para el exceso de la población. Esta sombría perspectiva no tenemos que imaginarla para darnos cuenta de su gravedad sino que basta con que ampliemos nuestra visión actual de los países en los que la miseria es regla y la opulencia la excepción de la que gozan hasta reventar, unos cuantos; en los que el hambre es el estado crónico de la mayoría; en los que la educación es un privilegio; en los que, en fin, la salud es la lotería con la que resultan agraciados unos cuantos pero que ninguna de las condiciones propician, ninguna institución preserva y ninguna ley asegura.

Los sociólogos ponen el grito en el cielo clamando por un remedio, tanto para lo que ya sucede como para evitar que la catástrofe prevista se consume. Los sicólogos estudian los inconvenientes y las ventajas de las familias numerosas y de las constituidas por los padres y un hijo único. Los políticos calculan de qué manera pesará, en las asambleas mundiales, la voluntad de un país cuando cuenta (o no cuenta) con el brazo ejecutor de una multitud que sobrepasa cuantitativamente, como decía la Biblia, las estrellas de los cielo y a las arenas del mar.

Entre tantos factores que intervienen para hacer de este problema uno de los más complejos y arduos con los que se enfrenta el hombre moderno, se olvida uno, que acaso no deja de tener importancia y que es el siguiente: ¿quién tiene los hijos? Porque un niño no es sólo un dato que modifica las estadísticas ni un consumidor para el que no hay satisfactores suficientes ni la ocasión de conflictos emocionales ni el instrumento para acrecentar el poderío o para defender las posiciones de una nación. Un niño es, antes que todo eso (que no negamos, pero que posponemos), una criatura concreta, un ser de carne y hueso que ha nacido de otra criatura concreta, de otro ser de carne y hueso también y con el que mantiene –por lo menos durante una época–, una relación de intimidad entrañable. Esta segunda criatura a la que nos hemos referido es la madre.

 

(...)

Rosario Castellanos. (El uso de la palabra. 1965)